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antisémitisme, antisionisme, Comptes rendus

Pierre-André Taguieff  (2018) Judeofobia. La dernière vague. Fayard : Paris, 293 pp.

Reseña

Yana Grinshpun

(traducción en español Oscar Marchena Garcia)

 

La nueva obra de P. A. Taguieff, publicada en mayo de 2018, es actualmente el estudio más completo de las manifestaciones contemporáneas del antisemitismo y antisionismo, tal y como se pueden observar hoy día en la sociedad francesa, que pretende ser democrática, pluralista y multicultural.

El autor recuerda prudentemente la concepción de judeofobia, desarrollada en multitud de libros sobre el tema. Define la judeofobia como el odio a los judíos, organizado ideológicamente, que se sirve del acervo de estereotipos existente, y considera a los judíos una amenaza. Así, la judeofobia toma forma como visión antijudía del mundo; funciona como un mito que puede ir acompañado de acciones violentas. En sus obras anteriores (La nueva judeofobia, Predicadores del odio, La judeofobia de los modernos, El antisemitismo), Taguieff precisa detalladamente por qué utiliza este término en lugar de antisemitismo, que se define a menudo como el « racismo dirigido contra los judíos ». Para él, este uso saca de su contexto histórico los usos de palabras como « racismo » y « antisemitismo », y no permite explicar el conjunto de prácticas socio-discursivas que tienen una correlación con las creencias y representaciones negativas de los judíos.

La novedad de esta erudita obra, extremadamente documentada en cuanto a todas las cuestiones abordadas a lo largo del libro, consiste en observar la interpenetración de nuevas y antiguas formas de odio hacia los judíos en las sociedades contemporáneas, tanto en Europa como en Oriente Medio. Los antiguos mitos anti-judíos provenientes de la cultura cristiana, así como los estigmas políticos, sociales y psíquicos de los judíos europeos de los siglos pasados, son reciclados por la propaganda islamista y por la de la extrema izquierda.

Para demostrarlo, Taguieff propone, por ejemplo, un análisis interesante y matizado de la ideología de los Hermanos Musulmanes, que explotan profusamente la idea, utilizada por la extrema derecha europea, de los judíos como conspiradores y mentirosos, identificándolos como los enemigos más antiguos del Islam, asesinos de profetas y pervertidores de los « auténticos » textos sagrados. Encontramos aquí una reconfiguración de antiguas mitologías: los enemigos más antiguos de Cristo, pueblo” deicida”, pueblo “sanguinario” (el término más empleado por la propaganda de la Autoridad Palestina hoy día, así como por Irán y el conjunto del Mundo Árabe, hostil a la existencia de Israel), que se mezclan con la tradición coránica y la de los hadiths, en los que los judíos están presentados como los enemigos del profeta y de los musulmanes.

Esta afirmación está apoyada por los resultados de las últimas encuestas realizadas a migrantes originarios de Siria y de Irak en Alemania, así como por las estadísticas alarmantes de los actos antijudíos cometidos por las personas que se identifican con el Islam en alza en otros países de Europa Occidental.

P.A. Taguieff muestra lo que podría parecer a primera vista una paradoja ideológica emergente de los confines de los años setenta, cuando las ideologías marxistas, trotskistas y comunistas se encuentran con las forjadas por los ideólogos arabes, de convicción judeófoba, y que convergen con éstos últimos en la construcción de una figura repulsiva del judío sionista: un nuevo enemigo de los nuevos « oprimidos » palestinos, que han sustituido al proletariado europeo. La convergencia de estos movimientos ideólogos engendra una idea de lucha nacional en un marco anti-imperialista. « El pueblo palestino » es así inventado por los órganos de propaganda comunista soviética y por la propaganda árabe, cuyo objetivo principal es la eliminación del estado de Israel. El hecho de decir que el « pueblo palestino » es una invención, no es una representación mental, ni un acto de mala fé. P. A. Taguieff hace referencia, entre otros, a las declaraciones de Zuheir Mohsen, el líder de la facción pro-siria de Hamas, que declara en 1977 al periódico holandés Trouw que el pueblo palestino no existe. Y explica que « la creación de un estado palestino no es más que un medio para continuar nuestra lucha contra el estado de Israel ». El investigador cuestiona, en consecuencia, la visión inocente de ciertos historiadores politólogos del conflicto israelo-palestino como un conflicto nacionalista « ordinario », estrictamente territorial o político. Muestra que no se trata de relaciones entre dos nacionalismos en competición, sino de reivindicaciones religiosas islamistas que consideran que toda tierra en la que han estado presentes los musulmanes debe parecerles sin concesión ni negociación. El historiador recuerda que la promoción de la OLP, creada en 1964 con ayuda de la KGB, tenía como objetivo la eliminación del estado judío, lo que anunciaban Hassan Al Banna, Arafat, y todos los líderes de Hamas desde Khaled Mechaal hasta Ismaël Haniyeh.

Sucede lo mismo con la recuperación de las teorías negacionistas aparecidas en Europa tras la Segunda Guerra Mundial por parte de los ideólogos antisemitas del mundo musulmán. Estas teorías, muy extendidas en la extrema derecha (en los entornos católicos tradicionalistas o fundamentalistas protestantes) han sido retomadas por ciertos movimientos de extrema izquierda a partir de los años setenta. Las grandes figuras de esta recuperación y propagación de tesis antisionistas son Roger Garaudy (ex-comunista, ex-trotskista y convertido al Islam), Jean Ziegler y el Abad Pierre. Taguieff subraya que el negacionismo (de derecha) y el antisionismo radical (de izquierdas) se encuentran en un plano argumentativo en la inversión de victimización practicada profusamente tanto por los primeros como por los segundos. Nos explica los engranajes de este razonamiento perverso: si el genocidio no tuvo lugar, entonces los judíos no fueron víctimas del nazismo, mientras que los palestinos si pueden tomar el rol de víctimas, las del sionismo. De este modo, los israelíes (los « sionistas ») convierten en opresores, imperialistas y racistas. En consecuencia, Israel no tiene ninguna legitimidad para existir y debería ser condenado por la justicia, por la moral y por las naciones del mundo. Este razonamiento permite comprender mejor qué lógica siguen todas las resoluciones de la ONU votadas contras Israel desde su existencia.

El autor muestra a lo largo de sus análisis, muy detallados, el modo en el que los antisemitas modernos practican la inversión victimaria, ya sean ideológicos provenientes de la extrema izquierda postcomunista o miembros de los Indígenas de la República, a menudo apoyados por los intelectuales de izquierdas. Esta práctica es visible sobre todo con la victimización de yihadistas y con la unificación de los judíos. Igualmente, PAT estudia la arqueología de esta inversión. Para él, se trata de una convergencia de factores: en el bloque comunista, la fecha clave que acciona la nazificación de los judíos remonta al juicio de Slansky en 1952 (el famoso juicio de Praga iniciado por el presidente del Partido Comunista Checoslovaco contra el secretario general del partido, Rudolf Slansky) de origen judío y acusado falsamente de complot sionista. Desde entonces, la campaña de nazificación del sionismo, comenzada por el poder comunista soviético, penetra en Occidente y se extiende entre los comunistas franceses. Estas ideas van mano a mano con la concepción que tienen ciertos intelectuales de izquierdas de los terroristas, a los que exoneran de toda responsabilidad, por identificarlos como víctimas de un sistema social que no ha sabido integrarlos. Estos intelectuales atribuyen a las víctimas del terrorismo la responsabilidad de este terrorismo. Según la doxa de la extrema izquierda, los jóvenes asesinos de judíos y de franceses son « oprimidos » del « racismo del Estado », y se identifican lógicamente con los palestinos, ya que estos últimos encarnan a los « oprimidos » absolutos y universales que son, de hecho, los judíos de hoy día.

P.A. Taguieff constata que el motor principal de la judeofobia contemporánea es el compromiso a favor de la « causa palestina » en toda su ambigüedad, que aparece como el « antisemitismo políticamente correcto », según la fórmula del autor. El historiador desmonta igualmente los mecanismos de retórica anti-sionista y constata que el antagonismo radical relacionado con el pro-palestinismo funciona del mismo modo que una religión política que propone una explicación de las grandes cuestiones del mundo, haciendo converger todos los males hacia una sola entidad nacional y geopolítica: Israel. Citando profusamente los discursos de los «predicadores» de esta nueva religión, el autor analiza la manera en la que los antiguos mitos son utilizados tanto por la extrema izquierda europea como por los ideólogos musulmanes, de los que el más representativo es Tariq Ramadan.

Taguieff afirma con amarga ironía que ya no existe la cuestión judía; ha sido sustituida por la « cuestión israelí », y si antes hablábamos de genocidio judío, hoy asistimos a los preparativos y a los intentos no siempre verbales de cometer un «israelicidio ».

Este libro se presenta como un diagnóstico excelente de la crisis de identidad, social y nacional de cada una parte de la sociedad francesa presa de una peligrosa contaminación ideológica. Pues los nuevos odiadores de judíos identifican a estos últimos con los occidentales (o a los « colonizadores blancos », según sus términos), o dicho de otro modo, la judeofobia no es separable para muchos de ellos de la hesperofobia (el odio del Occidente). Vinculada con la ideología victimaria de extrema izquierda, basada en la identificación de los judíos de Israel con el neoliberalismo, el capitalismo y el liberalismo, y la de los árabes palestinos con la figura del Proletario por excelencia, haciéndose eco del antisemitismo de extrema derecha, esta configuración no solo amenaza los ciudadanos judíos, sino los ciudadanos de Europa y del mundo.

El remedio consiste en ver claramente la contradicción en el mensaje enviado a las jóvenes generaciones por las élites : por una parte se les dice que el antisemitismo no está bien (incluso los Indígenas de la República[1] proclaman que no son antisemitas (afirmando al mismo tiempo que son antisionistas y propalestinos), y por otra, los círculos intelectuales de izquierdas ejercen una hipercrítica de Israel y una victimización de los « oprimidos » tal, que se anula completamente el mensaje anterior. El combate con las formas de odio no pasa por los discursos indignados y estériles de los políticos o universitarios, sino por establecer una política de disuasión y las medidas  firmes contra los comportamientos contrarios a las leyes de la República.

El libro contiene una introducción, 9 capítulos y la conclusión. Está escrito de modo accesible a los lectores que no disponen de conocimientos previos en el estos dominios en los que P. A. Taguieff es un especialista reconocido, con una lengua depurada y un estilo sobrio, sin jerga universitaria. Y por último pero no menos importante: el gran mérito de esta obra es el posicionamiento del autor, que intenta comprender fenómenos de extrema complejidad en dimensiones a la vez históricas, discursivas, ideológicas y políticas, sin hacer concesiones a las mentes dogmáticas, a los investigadores de mala fé, a la opinión pública, ni a ningún tipo de presión ideológica de las que el autor es víctima desde hace años.

 

[1] Un partido politico definiéndose como antirracista y decolonial

Comptes rendus

Compte rendu du livre de P.A. Taguieff Judéophobie. La dernière vague

Taguieff

Pierre-André Taguieff  (2018) Judéophobie, la dernière vague. Fayard : Paris, 293 p.

Compte rendu

par Yana Grinshpun

Le nouvel ouvrage de P.-A. Taguieff, paru en mai 2018, est actuellement l’étude la plus complète sur les manifestations contemporaines de l’antisémitisme et de l’antisionisme, celles que l’on observe aujourd’hui, dans la société française qui se veut démocratique, pluraliste et multiculturelle.

L’auteur prend soin de rappeler sa conception de la judéophobie, développée dans ses nombreux livres consacrés à ce sujet. Il définit la judéophobie comme la haine idéologiquement organisée des Juifs qui s’appuie sur le stock des stéréotypes disponibles et considère les Juifs comme une menace. La judéophobie prend ainsi la forme d’une vision du monde antijuive, elle fonctionne comme un mythe qui peut s’accompagner d’actions violentes. Dans ses ouvrages précédents (La Nouvelle judéophobie, Prêcheurs de haine, La Judéophobie des Modernes, L’Antisémitisme), Taguieff a précisé avec forces détails pourquoi il utilise ce terme plutôt que l’antisémitisme qui est défini souvent comme le « racisme dirigé contre les Juifs ». Pour lui, cette utilisation déshistorise les usages tant des mots « racisme » qu’« antisémitisme » et ne permet pas de rendre compte de l’ensemble des pratiques socio-discursives corrélées avec les croyances et les représentations négatives des Juifs.

La nouveauté de cet ouvrage très savant, extrêmement documenté sur toutes les questions abordées tout au long du livre, consiste à observer l’interaction et l’interpénétration de nouvelles et d’anciennes formes de la haine des Juifs dans les sociétés contemporaines tant en Europe qu’au Proche Orient. Les vieux mythes antijuifs venant de la culture chrétienne, les stigmatisations politiques, sociales et psychiques des Juifs européens des siècles passés sont recyclés par la propagande islamiste et celle issue de l’extrême gauche. Pour le démontrer, Taguieff propose, par exemple, une analyse intéressante et nuancée de l’idéologie des Frères Musulmans qui exploitent abondamment l’idée, galvaudée par l’extrême droite européenne, des Juifs conspirateurs et menteurs en les identifiant comme les plus anciens ennemis de l’Islam, meurtriers des prophètes et pervertisseurs des « vrais » textes sacrés. On retrouve ici la reconfiguration de vieilles mythologies : les plus anciens ennemis du Christ, le peuple déicide, le peuple sanguinaire (le thème le plus exploité par la propagande de l’Autorité palestinienne aujourd’hui, ainsi que par l’Iran et l’ensemble du monde arabe, hostile à l’existence d’Israël), thèmes qui s’inscrivent la tradition coranique et celle des hadiths où les Juifs sont présentés comme les ennemis du Prophète et des musulmans. Ce constat est illustré par les résultats des dernières enquêtes menées auprès des migrants originaires de Syrie et d’Irak en Allemagne ainsi que par les statistiques alarmantes des actes antijuifs commis par les personnes se réclamant de l’Islam, en hausse dans d’autres pays de l’Europe occidentale.

P.-A. Taguieff montre ce qui pourrait apparaître à première vue comme un paradoxe idéologique, émergeant aux confins des années soixante-dix, où les idéologies marxistes, trotskistes et communistes se rencontrent avec celles forgées par les idéologues nationalistes arabes, judéophobes convaincus, et convergent avec ces dernières dans la construction d’une figure répulsive du Juif sioniste : un nouvel ennemi des nouveaux « opprimés » palestiniens qui ont remplacé le prolétariat européen. La convergence de ces mouvements idéologiques engendre un sujet collectif défini par sa lutte de libération nationale dans un cadre anti-impérialiste. « Le peuple palestinien » est ainsi inventé par les organes de la propagande communiste soviétique et de la propagande arabe dont l’objectif principal est l’élimination de l’Etat d’Israël. Le fait de dire que le « peuple palestinien » est une invention n’est pas une vue d’esprit, ni un acte de mauvaise foi. P.-A. Taguieff fait référence, entre autres, aux déclarations de Zuheir Mohsen, le leader de la faction pro-syrienne du Hamas, qui déclare en 1977 au journal néerlandais Trow que le peuple palestinien n’existe pas.  Et qui explique que « la création d’un état palestinien n’est qu’un nouveau moyen de poursuivre notre lutte contre l’Etat d’Israël ». Le chercheur conteste, par conséquent, la vision naïve de certains historiens et politologues spécialistes du conflit israélo-palestinien, qui décrivent ce dernier comme un conflit nationaliste « ordinaire », strictement territorial ou politique. Il montre qu’il s’agit non pas des relations entre deux nationalismes concurrents, mais des revendications religieuses islamistes qui considèrent que toute terre où sont présents les musulmans doit leur appartenir sans concession ni négociation. L’historien rappelle que la promotion de l’OLP, créée en 1964 avec l’aide du KGB, visait l’élimination de l’État Juif, ce qu’annonçaient Hassan al-Banna, Arafat, et tous les leadeurs du Hamas depuis Khaled Mechaal jusqu’à Ismaël Haniyeh.

Il en est de même quant à la récupération des théories négationnistes, apparues en Europe après la Deuxième Guerre mondiale, par les idéologues antijuifs du monde musulman. Ces théories, très répandues à l’extrême droite (dans les milieux catholiques traditionalistes ou fondamentalistes protestants) ont été reprises par certaines mouvances de l’extrême gauche à partir des années soixante-dix. Les grandes figures de cette récupération et la propagation des thèses antisionistes sont Roger Garaudy (ex-communiste, converti à l’Islam), Jean Ziegler et l’abbé Pierre. Taguieff remarque que le négationnisme (de droite) et l’antisionisme radical (de gauche) se rencontrent sur le plan argumentatif dans l’inversion victimaire pratiquée abondamment par les premiers comme par les derniers. Il met la lumière sur les rouages de ce raisonnement pervers : si le génocide n’a pas eu lieu, les Juifs ne sont donc pas victimes du nazisme, alors que les Palestiniens deviennent les seules vraies victimes, celles du sionisme, diabolisé, voire nazifié. C’est ainsi que les Israéliens (les « sionistes ») sont transformés en oppresseurs, impérialistes et racistes. Par conséquent, l’existence de l’État d’Israël n’a aucune légitimité et devrait être condamné, au nom de la justice et de la morale internationale, par les nations du monde. Ce raisonnement permet de comprendre mieux quelle logique suivent toutes les résolutions de l’ONU votées contre Israël depuis son existence.

L’auteur montre tout le long de ses analyses, très détaillées, la manière dont l’inversion victimaire est pratiquée par les antisémites modernes, qu’il s’agisse des idéologues issus de l’extrême gauche post-communiste ou des adeptes du Parti des Indigènes de la République (PIR) souvent soutenus par des intellectuels de gauche. Cette pratique est surtout visible lors de la victimisation des jihadistes et la nazification des Juifs. PAT se penche également sur l’archéologie de cette inversion. Pour lui, il s’agit d’une convergence de divers facteurs. Dans le bloc communiste,  la date clé qui déclenche  la nazification des Juifs remonte au procès de Slansky en 1952  – le fameux procès de Prague initié par le président du Parti communiste tchécoslovaque contre le secrétaire général du Parti, Rudolf Slansky, d’origine juive et accusé de manière mensongère du complot sioniste. Dès lors, la campagne de nazification du sionisme, commencée par le pouvoir communiste soviétique, pénètre l’Occident et se répand notamment parmi les communistes français. Cette posture anti-impérialiste et « antisioniste » va de pair avec l’exonération des terroristes de toute responsabilité par certains intellectuels de gauche qui les identifient aux victimes du système social qui n’a pas su les intégrer. Ces intellectuels attribuent aux victimes du terrorisme la responsabilité de ce terrorisme. Selon la doxa de l’extrême gauche, les jeunes tueurs de Juifs et de Français sont des « opprimés » d’un « racisme d’État », et s’ils s’identifient avec les Palestiniens,  c’est parce que ces derniers incarnent les « opprimés » absolus et universels et que ce sont les palestiniens, en fait, les Juifs d’aujourd’hui.

P.-A. Taguieff constate que le principal moteur de la judéophobie contemporaine est l’engagement inconditionnel en faveur de la « cause palestinienne » dans toute son ambiguïté, et montre que le « propalestinisme rédempteur » apparaît désormais comme « l’antisémitisme politiquement correct », selon les formules de l’auteur. L’historien démonte également les mécanismes de la rhétorique antisioniste et constate que l’antisionisme radical corrélé avec le propalestinisme fonctionne à l’instar d’une religion politique qui propose une explication des grandes questions du monde en faisant converger tous les maux vers une seule entité nationale et géopolitique : Israël. En citant abondamment les discours des « prêcheurs » de cette nouvelle religion, l’auteur analyse la manière dont les vieux mythes sont utilisés tant par l’extrême gauche européenne que par les idéologues musulmans dont le plus représentatif en France est Tariq Ramadan.

Taguieff ironise amèrement sur le fait que la question juive n’existe plus, elle a été remplacée par la « question israélienne » et si on parlait avant du génocide juif, aujourd’hui on assiste aux préparatifs et aux tentatives pas toujours verbales de commettre un « israélicide ».

Ce livre se présente comme un excellent diagnostic de la crise identitaire, sociale et nationale de toute une partie de la société française en proie à une contamination idéologique dangereuse. Car les nouveaux haïsseurs des Juifs identifient ces derniers aux Occidentaux (ou aux « colonisateurs blancs », selon leurs termes), si bien que la judéophobie n’est pas séparable pour beaucoup d’entre eux de l’hespérophobie (la haine de l’Occident). Corrélée avec l’idéologie victimaire de l’extrême gauche, basée sur l’identification des Juifs et d’Israël avec le néo-libéralisme, le capitalisme et l’impérialisme, et celle des arabes palestiniens avec la figure du Prolétaire par excellence, faisant écho à l’antisémitisme de l’extrême droite, cette configuration ne menace pas seulement les citoyens juifs, mais les citoyens de l’Europe et, plus largement, du monde.

Le remède consiste à voir clairement la contradiction dans le message envoyé aux jeunes générations par les élites : d’une part, on leur dit que l’antisémitisme ce n’est pas bien (même les Indigènes de la République proclament qu’ils ne sont pas antisémites, tout en se disant antisionistes et propalestiniens) ; d’autre part, les milieux intellectuels de gauche exercent une telle hypercritique d’Israël et une telle victimisation des « opprimés » que cela annule complètement le message précédent.

Le combat avec ces formes de haine passe non pas par les discours indignés et stériles des hommes politiques ou des universitaires, mais par la mise en place d’une politique de dissuasion et de mesures fermes contre les comportements contraires aux lois de la République.

Le livre comporte une introduction, 9 chapitres et une conclusion. Il est écrit de façon accessible aux lecteurs ne disposant d’aucune connaissance préalable dans les domaines dont P.-A. Taguieff est un spécialiste reconnu, d’une langue épurée avec un style sobre, sans jargon universitaire. Last but not least: le grand mérite de cet ouvrage est le positionnement de l’auteur qui cherche à comprendre des phénomènes d’une extrême complexité aux dimensions à la fois historiques, discursives, théologiques et politiques, sans jamais se soucier de ménager les esprits dogmatiques, les chercheurs de mauvaise foi et l’opinion publique, quelles que soient les pressions idéologiques que l’auteur subit depuis de nombreuses années.

 

 

 

antiracisme

La dictature du discours « antiraciste »: retour sur le procès de G. Bensoussan

Yana Grinshpun

Le discours antiraciste contemporain tel qu’on peut l’observer en France aujourd’hui, tend à se constituer en discours normatif de référence et à servir de garant aux comportements d’une collectivité, celle, bien évidemment, qui se situe du côté du Bien, de la Justice, de l’Egalité, des droits de l’Homme (et de la Femme). Le problème est que cette tendance  ne va pas sans risque de se transformer en une idéologie dont les catégories de perception du réel préétablies seraient présentées comme seules vraies aux acteurs sociaux. Les sujets qui dérogeraient à l’illusion de la vérité et qui ne souscriraient pas à ce discours dominant et, partant autoritaire, seraient passibles de sanctions au nom du rétablissement de la justice véhiculée par le discours antiraciste. Les sanctions passent par la disqualification de ceux qui n’adhèrent pas à la doxa construite par le narratif antiraciste. Cette dernière peut soit prendre la forme d’une polémique médiatique soit se faire par le recours à la justice, qui est censée défendre les valeurs collectives bafouées. Le recours au tribunal est la tentative de disqualification ultime, où seules les poursuites contre le coupable d’un crime raciste sont capables de servir de « réparation » aux plaignants.

Tel est le cas de nombreux procès infligés aux intellectuels au nom de l’antiracisme, dont les fondements et le fonctionnement ont été très bien décrits dans les ouvrages successifs de P.. A. Taguieff à partir de son œuvre fondatrice sur ce sujet La force du préjugé. Essai sur le racisme et ses doubles (1988) et jusqu’à son dernier livre Judéophobie. La dernière vague  surtout le chapitre 8 (« Le nouvel opium des intellectuels ») (2018).

Le dernier en date est celui de l’historien Georges Bensoussan, l’historien de la Shoah,  auteur de l’ouvrage Territoire perdus de la république, accusé de l’incitation à la haine raciale par une ribambelle des associations « antiracistes » dont le CCIF, le MRAP pour avoir cité dans l’émission Repliques sur France Culture Smaïn Laacher, qui constate que l’antisémitisme est « comme l’air qu’on respire » dans certains quartiers musulmans. Le crime de Bensoussan a consisté à citer Laacher de manière « infidèle », en utilisant la métaphore « l’antisémitisme, on le tète avec le lait de la mère ». Bensoussan est poursuivi par la suite par le CCIF en vertu de l’article 24 du code pénal pour “discrimination, haine ou violence à l’égard d’un groupe de personnes en raison de leur appartenance religieuseIl est également accusé de l’essentialisation et de la diabolisation.

Je ne vais pas ici présenter les arguments pour montrer la totale absurdité de l’accusation, le lecteur pourra en prendre connaissance en lisant le texte de B. Lefebvre, J. Tarnero et M. Tribala, et de nombreux textes de journalistes et d’intellectuels français qui ont pris la défense de G. Bensoussan.  L’analyse de l’accusation paraîtra également dans l’article que nous avons écrit avec Roland Assaraf dans les Hommages à Pierre-André Taguieff. Nous y discutons le fait qu’une plainte ait pu être acceptée par le parquet et qu’elle n’ait pas été reboutée par l’irrecevabilité de son contenu.

Toujours est-il que G. Benssousan, a été lavé de toute accusation le 7 mars 2017. Mais l’antiracisme étant une institution dorénavant politique aux actions intimidantes, les détracteurs de l’historien le poursuivent en appel.  Une nouvelle audience se tient à Paris, (voir le texte de M. Gozlan).  On découvre lors de l’audience que le CCIF (Collectif contre l’Islamophobie en France a été déclaré trois fois irrecevable pour agir en justice.) Le fait donc que leur plainte ait été deux fois acceptée par le parquet en dit long sur le devenir de la justice française qui semble mettre en cause sa propre légitimation en recevant deux fois la plainte d’une association déclarée irrecevable pour agir en justice.

Comme si cela ne suffisait pas pour envenimer la vie d’un homme qui combat toute sa vie l’antisémitisme non pas en tant que militant mais en tant que savant, l’entretien qu’il donne à Akadem (le campus numérique juif) est censuré, car il déplaît à ceux qui n’ont pas soutenu Georges Bensoussan lors de son procès pour ne pas nuire à leur statut social.  Sarah Cattan les appelle  les « lâcheurs ». L’histoire  regorge , hélas, de ce genre de personnages indignes.

Je mets en ligne ici cet entretien récupéré par la Tribune Juive.

Relaxé une nouvelle fois, cette fois-ci définitive, l’historien peut reprendre le souffle. Mais toutes cette farce judiciaire fait présager une vraie dictature d’une nouvelle idéologie militante celle de l’extrême gauche et ses alliés islamistes qui, comme le dit très justement P.A. Taguieff  « avec leur accusation d’  « islamophobie » [..] ont trouvé à la fois un bouclier (contre la critique) et une épée (pour intimider les contradicteurs et les adversaires). (Taguieff 2018 :264)

Bibliographie:

Taguieff, P. A. (2018) Judéophobie. Dernière vague. Paris:Fayard

Sarah Cattan, http://www.tribunejuive.info/justice/georges-bensoussan-lache-par-les-juifs-de-cour-innocente-par-la-justice-par-sarah-cattan

 

 

désinformation

Léon Poliakov avait raison

 Georges-Elia Sarfati

Au cours des entretiens qu’il m’a accordés, c’était à la fin de 1988, Léon Poliakov, sans vouloir désarmer mon enthousiasme juvénile d’en finir avec la judéophobie, me disait que l’on ne combat pas l’antisémitisme avec des arguments, que la raison se montre impuissante face à cette pathologie collective.

Son scepticisme, qui ne confinait pas au découragement, ne l’a pourtant pas empêché de se consacrer pendant un quart de siècle à la monumentale Histoire de l’antisémitisme, qui demeure une référence indispensable pour qui veut prendre la mesure de ce que son auteur qualifiait en outre de « contre histoire de l’Occident ».

En me confiant ce qui est aussi bien une mise en garde contre une approche par trop intellectualiste ou historiciste de la judéophobie, Léon Poliakov reprenait somme toute à son compte le point de vue d’un autre penseur juif d’origine russe: Léon Pinsker, le premier qui formula ce diagnostic, dans son pamphlet Autoémancipation (1882), rédigé à la fin du 19è siècle, peu après le pogrom de Kiev et d’Odessa (1880)

Léon Pinsker était médecin, mais il fut aussi, près de vingt ans après Moses Hess, et plus de dix ans avant Hertzl, l’un des théoriciens les plus significatifs du Sionisme. Pinsker savait que la haine des Juifs conduit tout droit au meurtre, et l’idée lui était venue d’en appeler à l’éveil de ses frères d’infortune pour éveiller la fibre nationale, la fibre du retour, que deux millénaires d’exil avait presque entièrement dévitalisée.

Léon Poliakov avait raison. Tandis qu’il terminait la rédaction de son Opus magnum, l’historien fut encore attentif à l’essor de deux phénomènes indissociables, venus en convergence l’un de l’autre: l’émergence de l’antisionisme européen combiné à l’émergence de la désinformation. Les deux essais qu’il consacra coup sur coup à ces renouvellements concertés de la manipulation de l’opinion sont des classiques du genre, que bien des contemporains devraient s’empresser de relire pour les méditer (De l’antisonisme à l’antisémitisme, 1969; De Moscou à Beyrouth. Essai sur la désinformation, 1983). Ils sont un contre-poison des plus salubres, pour peu que l’on veuille s’abstraire des automatismes cognitifs qui tiennent lieu d’évidence de premier niveau, s’agissant d’une part de l’appréhension de l’Etat d’Israël, d’autre part de l’aisance avec laquelle les médias peuvent à satiété asséner des contre-vérités si routinièrement distillées qu’elles anesthésient la critique et s’imposent avec la force de connaissances indiscutables.

De l’antisionisme européen, L. Poliakov montre très précisément, que sous ses formes les plus radicales, il vient de la gauche stalinienne (dont la rhétorique ne manquera pas de contaminer la pensée 68, à l’initiative d’un Benny Levy), et du radicalisme islamiste palestinien. A l’époque où cette enquête nous renseigne sur les voies de passage qui donnent corps à cette nébuleuse délétère, il ne serait pas exagéré de dire que l’auteur a mis à nu les racines de ce qui a depuis pris corps sous les dehors complices de l’islamo-gauchisme.

De la désinformation, L. Poliakov éclaire encore la genèse soviétique, en prenant soin de faire le détour par les points d’ancrage d’une propagande nazie recyclée au cours de la Guerre froide, étant donné que l’Est et l’Ouest se sont partagés, au plus haut niveau de leur renseignement, les vestiges les plus actifs de la machine de propagande du IIIe Reich. Et là encore, sans rien démentir de la justesse de son jugement, l’historien souligne, avec les premières campagnes de désinformation antisioniste à la française, le rôle de pionnier que joue, à partir de la Première Guerre du Liban (été 1980), le quotidien Libération.

Le décor est campé.

Le reste n’est que littérature, et mauvaise littérature. Certes le grand tournant était pris depuis quelques temps déjà, précédant de peu Mai 68, lorsque le Général de Gaulle, signifia le renversement d’alliance, qui devait faire de la France, l’avant-garde européenne du point de vue arabe sur le Proche Orient. Le Quai d’Orsay donna l’exemple, fixa les règles, les grands medias s’alignèrent.

Depuis lors, à moins de disposer d’un terme de comparaison, ou de le rechercher ce qui se dit et s’écrit ailleurs, l’unilatéralisme antisioniste est tendanciellement le seul prisme qui vaille, la seule optique qui prévale pour parler d’Israël.

Il conviendra de revenir sur chaque aspect de ce mécanisme de mise en coupe réglée de l’opinion, d’en analyser les ressorts, les conditions de possibilité, les figures discursives, d’en faire apparaître les connivences, d’en suivre les régularités, d’en souligner la prédictibilité, de décrire le maillage serré des correspondances notionnelles qui ont permis d’installer dans les esprits une sorte de pensée-réflexe, entièrement outillée, d’une cohérence, mais aussi d’une efficacité, toute orwellienne.

Note: Le lecteur se reportera au texte suivant: G.-E. Sarfati, L’envers du destin. Entretiens avec Léon Poliakov, Paris, Bernard de Fallois, 1988.

antisionisme

Les alliés naturels de l’antisionisme radical

Georges-Elia Sarfati

Les formulations de l’antisionisme radical caractérisent de façon tendancielle les formes de la doxa. Mais le propre de la doxa est de se reproduire de manière dérogatoire à toute instance critique.

Par antisionisme radical, j’entends principalement la position de principe qui consiste dans la criminalisation a priori du projet sioniste, et très certainement la criminalisation de l’Etat d’Israël, d’ailleurs le plus souvent désigné comme « entité sioniste » (des mollah iraniens à Dieudonné, en passant par les représentants patentés du palestinisme ambiant et de larges fractions de l’islamo-gauchisme, sans excepter, ce qui n’est guère surprenant, certains diplomates ou experts auto-proclamés du Proche Orient).

Il en résulte que l’antisionisme radical, nécessairement consensuel dans ses expressions, est avant tout une posture psychique, qui se reconnaît incidemment à un faisceau de discours. A y regarder de plus près, les alliés naturels de l’antisionisme radical forment une triade dont les termes entretiennent un lien d’étroite solidarité, que ses porteurs le sachent ou pas. Il s’agit respectivement, des stéréotypes de la propagande totalitaire, du mensonge et de l’ignorance.

 Les propagandes totalitaires

Au degré d' »évidence » où il nous parvient, le discours antisioniste le plus commun constitue l’expression banalisée à l’extrême des propagandes totalitaires du XXème siècle, dont la source commune n’est autre que la tradition discursive de la judéophobie complotiste du XIXème siècle, de droite et de gauche (A. De Toussenel: Les Juifs, rois de l’époque;  E. Drumont: La France juive, ainsi que les faux homicides: Le discours du rabbin, Les Protocoles des Sages de Sion; mais encore: Mein Kampf, Le mythe du XXème siècle, ainsi que l’immense industrie de l’antisionisme soviétique, stalinien et post-stalinien, etc.).

Cette littérature obsessionnelle, corpus de choix pour l’étude psychanalytique du mécanisme de la projection, fut la première source idéologique de l’antisémitisme d’Etat, sous le IIIème Reich, aussi bien qu’en Union soviétique; elle demeure une inspiration également vivace pour les judéophobes contemporains, qui les ont recyclés aux fins de leurs intérêts et des besoins de  leur stratégie politique. Aujourd’hui, notamment dans la sphère européenne, ces références obligées de la judéophobie définissent la matrice de la désinformation coutumière, elles configurent ses figures obligées, obligées et prédictibles.

 Le mensonge

Le mécanisme psychique de la projection consiste à la fois dans la distorsion de l’objet ainsi investi, et, simultanément dans l’idéalisation narcissique du sujet qui  »projette ». En attribuant à l' »autre » l’idée mortifère qu’il s’en fait, il se débarrasse du même élan de la part d’ombre qui le caractérise, et qui représente une menace pour sa bonne conscience. Cette distorsion conditionne inéluctablement le déni qui est la condition du mensonge érigé en système.

Cela n’a jamais été fait, mais il vaudrait la peine de procéder à une comparaison terme à terme des positions et convictions imputées aux Juifs – aujourd’hui, plus couramment aux « sionistes- par les judéophobes de toute obédience, et des positions et convictions formulées par les Juifs et historiquement par les Sionistes-, pour faire simplement apparaître leur incompatibilité foncière. La prise en vue de ce différenciel, ferait immédiatement ressortir le hiatus qui rend antinomique les contre-valeurs de la judéophobie et les valeurs de la judaïté, spirituelle ou nationale.

Le passage du corpus judéophobe au corpus juif et sioniste est proprement impossible, et s’il était rationnellement tenté, il servirait au moins à traduire un fait irréfutable: celui de la distorsion, sinon de l’inversion radicale que le discours judéophobe fait subir aux énoncés du judaïsme traditionnel comme  à ceux du sionisme philosophique.

Nous esquisserons ailleurs une telle comparaison: elle sera de nature à montrer non seulement que la judéophobie repose sur une accusation générique proprement délirante parce qu’infondée, mais en outre que la judéophobie nous renseigne avant tout sur l’intention réelle de ceux qui portent une telle accusation.

Aujourd’hui, cette inversion est naturalisée, banalisée à l’extrême, elle sert a minima la stratégie de délégitimation de l’Etat d’Israël, sans pour autant exonérer les Juifs, qui ne sont pas citoyens israéliens, et qui se voient incidemment reprocher une connivence essentielle avec l’accusé principal.

L’ignorance

Ce troisième terme concerne finalement la plupart de celles et de ceux, qui avec une bonne conscience à toute épreuve, se rallient sans ciller à l’incrimination antisioniste. Ils le font le plus souvent avec fierté, persuadés de relayer ou d’incarner une cause juste. Surtout si cette juste cause se confond sans reste avec la « cause palestinienne ».

Le propre de cette posture dogmatique qui se supporte de l’ignorance, est qu’elle procède encore d’une forme de méconnaissance. Le fait en incombe à l’absence significative d’un contre-discours suffisamment audible pour lui faire pièce. Le plus grave est bien entendu, que cette méconnaissance suppose acquise la défaite de l’esprit critique dans des milieux censés symboliser un tel esprit: je veux parler de vastes secteurs de l’université française, dans lesquels la pseudo-opinion antisioniste tient lieu de cri de ralliement, et chez de non moins large fractions de la population étudiante, de culture populaire.

Doit-on s’en étonner dans un pays dont l’appareil médiatique dominant reflète sans nuance les priorités de sa politique étrangère, et dans un pays de surcroît si doctrinalement hostile à la transmission des connaissances historiques les plus élémentaires en matière de « fait religieux »? Le niveau de connaissance moyen en matière de judaïté est généralement proche de zéro, puisque c’est en règle générale le préjugé -au mieux ré-articulé par les humoristes- qui tient lieu de savoir sur ce sujet.

En sorte que les adeptes de l’antisionisme, maîtres et disciples confondus, convergent à tout le moins sur un arrière-plan identique: celui d’une inculcation idéologique de principe, foncièrement hostile à Israël. La plupart ignorent tout des racines historiques du conflit moyen oriental, et considèrent que ce qui leur a été répété depuis deux générations (le retournement de la France dans le contexte de la guerre des Six jours) est pour ainsi dire parole de vérité: Bien entendu, ce qui est présupposé par tous, et notamment par l’information nationale, servant de critère exclusif pour étayer leur jugement. En l’espèce, cette certitude indiscutable est une forme méprisable de la paresse intellectuelle, sa sottise suffit à discréditer ceux qui ergotent à partir d’arguments hérités des propagandes totalitaires sans s’en douter. Il est fort à parier que si elles découvraient que l’antisionisme participe dès sa genèse de l’univers du crime, ces bonnes âmes se raviseraient.

En ce domaine, comme en d’autres, la doxa antisioniste ne passe ni l’épreuve de la connaissance historique, ni celle de la réflexion.

Médias et conflit israélo-palestinien

Les proportions morbides ou les mathématiques médiatiques

Roland Assaraf, Yana Grinshpun

Le chant des pleureuses médiatiques des morts palestiniens n’a jamais été aussi bien réglé :

Gaza : la réponse d’Israël « totalement disproportionnée » : titrent le Figaro, la Croix, Ouest France, Europe1

« Les méthodes disproportionnées d’Israël à Gaza » Le Monde

« Violences à Gaza » : « violence excessive et disproportionnée d’Israël à Gaza »  Rtbf

On peut continuer la liste des titres et des articles de ces derniers jours ad libitum. De quoi, au juste, accuse-t-on Israël ? A quoi renvoie le référant « disproportion » et le prédicat « disproportionné »? Qui sont les décideurs des proportions et quelles sont les «  bonnes » proportions? Quelles sont les sources de ces chiffres, d’où proviennent-elles, par quelle (s) entité (s) sont-elles cautionnées ? Mathématiques, juridiques, journalistiques ? Quel est le garant de la justesse des proportions ?

Commençons par la dernière question.  Dans l’article de RFI du 14 mai, par « souci d’objectivité », l’auteur de l’article cite les propos du premier ministre israélien et  du porte-parole du  Ministère des affaires étrangères israélienne qui expliquent que la responsabilité des morts palestiniens incombe au Hamas. Mais, car il y a toujours un « mais » ou un « néanmoins » ou  « cependant » lorsqu’il s’agit des propos contraires à ceux qui doivent être véhiculés par le discours médiatique  français ambiant et unilatéral, le correspondant sur place de la RFI constate «  néanmoins que dans les manifestations, il n’y a pas de drapeaux du Hamas. Ni même ceux du Jihad islamique ou ceux du Fatah. » et que « Ce mouvement, sur place, apparaît surtout apolitique ». On a envie de lui demander s’il est naïf ou de mauvaise foi ou délibérément propagandiste? Les pogromistes de la Cent Noir, eux, n’avaient pas besoin de drapeau pour se préparer aux massacres des Juifs. Et quel était, au juste, le drapeau de Bogdan Khmelnitski au XVIIe siècle en Ukraine ? Le discours du Hamas auquel réfèrent si souvent les médias français est tout d’un coup devenu inaudible aux spécialistes de la désinformation. Ils ne se fient qu’aux images qu’eux-mêmes construisent aveuglés par les contraintes de l’antisionisme viscéral.

Ce à quoi font écho les « spécialistes » convoqués par Huffington Post qui expliquent le « vrai » rôle du Hamas dans les affrontements. Et le « vrai rôle », ô surprise, selon ces « chercheurs » qui « constatent » depuis leur cabinet parisiens que la volonté du Hamas est  « d’appuyer les mobilisations de la société civile et de suivre la société civile dans sa volonté de s’inscrire dans une résistance populaire et pacifique« . Rien de moins. Les médias français ont enfin trouvé un euphémisme pour l’appel de Haniyé  « tuer les juifs » : « résistance pacifique et populaire ». Complètement étouffé par le Hamas, volés par leurs propres dirigeants,  qui au lieu d’investir dans l’éducation, la santé, l’agriculture, investissent dans la construction des tunnels et des roquettes, les Gazaouis résistent à  « la présence juive »  sur « leurs «  terres, celles –mêmes qu’ils brûlent, saccagent, détruisent en les transformant en cendres.

Nous avons déjà montré dans les articles précédents le « pacifisme » de ces mobilisations qu’ignorent curieusement ces « chercheurs » , pour qui il s’agit d’un mouvement « spontané », « populaire », « bon enfant », en somme, comme titrait Libé, qui lancent les cerfs volant enflammés sur les terres cultivés par les voisins juifs et brûlent les champs de blé en infligeant des pertes importantes aux agriculteurs israéliens, ceux qui coupent la barrière, qui permet de minimiser les flux  d’infiltrés en Israël et protège les citoyens israéliens des massacres. Car même si on donne dans l’angélisme pro-palestinien habituel aux médias, il est difficile d’imaginer que ceux qui veulent passer la barrière vont s’inviter prendre un verre chez les voisins israéliens pour discuter des problèmes de la paix.

Mais nous devons reconnaître que notre scepticisme en la matière n’est rien comparé au cynisme des médias quant à la présentation des proportions ou plutôt les disproportions de la riposte de l’armée israélienne. En effet, on voit les médias regretter à l’unisson que la réponse est disproportionnée, la preuve : 59 morts à ce jour du côté palestinien et zéro côté israélien. Benoît Hamon le dit ouvertement  dans l’entretien accordé à RTL, et Libé, Médiapart et Ouest-France reprennent le refrain. En lisant les articles et en écoutant les hommes politiques ou les personnalités médiatiques parler de la situation à Gaza, on s’aperçoit qu’ils regrettent, à l’instar de Hamon qu’il n’y ait pas de morts du côté israélien, c’est cet état de choses qui fait dire aux médias que la réponse est disproportionnée. Récemment, il y a eu 12 enfants morts en Israël à cause des inondations violentes, cela devrait faire très plaisir aux médias de gauche qui adorent le comptage mortifère, et là, enfin, il y a des morts Juifs ! Benoît Hamon peut souffler ! On est presque désolés que ces enfants n’ont pas été tués par les palestiniens !

Mais qu’est-ce qui fait une « bonne proportion » qui justifierait la réponse d’Israël, qui, d’ailleurs, est toujours « disproportionnée », car il y a moins de morts de ce côté ? Elle doit exister, puisque la « disproportion » implique l’existence de la « proportion ». C’est-à-dire un ratio civils/terroristes  acceptables ?

Du point de vue médiatique et celui de l’état français, il aurait fallu laisser des civils israéliens se faire assassiner pour garder le ratio acceptable, quitte à tuer au final beaucoup plus de terroristes. Ce qui compte, selon cette logique ce n’est pas de minimiser le nombre de morts, en protégeant les civils contre les attaques des terroristes du Hamas (rappelons que le Hamas a revendiqué les 59 morts comme appartenant aux unités militaires, mais de maximiser le nombre de morts israéliens par terroriste tué. Cela créera certainement une bonne proportion. On a l’impression d’assister au match de foot où les commentateurs regrettent le compte 0 :59

Israël réussit à préserver ses civils en défendant les frontières (zéro buts, zéro morts), les Gazaouis perdent en attaquant (59 buts). Ce sont donc les Israéliens les plus forts, et c’est ça leur culpabilité, car le fort a toujours  tort. Surtout s’il est Juif.

Revenons maintenant à la logique journalistique. Affirmer que le forçage de la frontière est une action pacifique revient à dire que parmi les manifestants il n’y a pas de terroristes, pas de criminels qui cherchent à tuer des Israéliens. Ce discours médiatique occidental est faux, car il ne tient pas compte des revendications du Hamas qui clament ouvertement l’assassinat d’un grand nombre d’Israéliens.

Par ailleurs, s’il n’y a pas de morts côté israélien, c’est parce que personne n’a réussi à forcer la frontière et non pas parce que tout était pacifique (nous avons déjà montré que pour les journalistes français le tir des mitrailleuses, les bombes incendiaires, les tentatives de l’infiltration des palestiniens en Israël sont ludiques et paisibles). C’est comme dire qu’il n’y avait pas l’affaire des « blouses blanches » en Russie et que personne ne voulait envoyer les Juifs en Sibérie. Il n’a pas eu d’envoi en Sibérie, parce que Staline, qui a donné l’ordre d’extermination des Juifs en 1953, est mort cette même année avant d’accomplir le massacre prémédité.

Il est difficile d’attester du pacifisme sans connaître le comportement des  palestiniens  forceurs de frontière, face à des israéliens.  Il y aurait  deux manières de le savoir

  1. Les émeutiers réussissent à passer de l’autre côté de la frontière et l’on regarde ce qu’ils font.
  2. Les journalistes pourraient tester eux-mêmes caméra à la main, en allant les voir avec une Kippa et de tefillines (attributs typiques des juifs religieux) pour voir leur comportement.

 

En absence de telles expériences, les journalistes ne peuvent se baser que sur les discours. Or, le discours du Hamas c’est le discours de la destruction d’Israël : traverser la frontière pour tuer le maximum de Juifs.  La faille logique de ces discours des médias est la même que celle qui consisterait à dire qu’un individu déclarant voler une épicerie n’est pas un voleur, car il n’a rien volé dans l’épicerie, qu’il a trouvé vide.

Si ce n’est pas non plus  sur  les discours des palestiniens,  et en particulier ceux du Hamas  sur lequel se basent les journalistes,  c’est  que ce  discours médiatique n’informe  pas sur les événements mais sur l’énonciateurs principal, sur l’AFP et la société qui choisit d’accepter ces récits.

Il montre que l’antisémitisme meurtrier voire génocidaire européen,  se cache  derrière un antisionisme meurtrier  par la procuration  d’organisations comme le Hamas, qui sont  encouragées à utiliser  les arabes dits palestiniens (suivant la  dénomination d’origine occidentale) comme chair à canon.

Lorsque les soldats français ont tué 30 « Djihadistes » pour aucun soldat tué français, nous n’avons pas entendu parler de disproportion.

https://www.ouest-france.fr/monde/mali/mali-30-djihadistes-tues-dimanche-lors-d-une-operation-franco-malienne-5675324

Pourtant ces « Djihadistes » ne cherchaient pas  à forcer la frontière pour tuer des civils français.

Ce genre du discours faussement « équitable » apparaît ainsi comme un discours meurtrier en regrettant explicitement, comme dans le cas de Hamon, l’absence de morts côté Israël, au prix de beaucoup plus de morts palestiniens.